La Unidad 24
En uno de los boxes-enfermería asépticos del Nivel 24, el aire olía a antiséptico y metal frío. Los pulmones de Oscar raspaban con cada respiración, como si se hubiera alojado papel de lija en su pecho. Los escáneres médicos proyectaban destellos rojos en la pantalla, revelando micro-lesiones dejadas por el agua cian que había inhalado. Cada aliento le arrancaba una mueca, un dolor sordo pulsando al ritmo de su corazón.
El doctor, un híbrido de rasgos cansados, tocaba su tableta sin levantar la vista. «Podríamos considerar algunos ajustes, pero las órdenes vienen de arriba. Lo siento, chico. Estoy obligado a declararte "Apto para el servicio".» Su voz era mecánica, desprovista de empatía. Luego, con una sonrisa burlona: «La próxima vez, evita beberte la piscina.» Este debía haber sido aumentado con una extensión de "humor terapéutico". Oscar se sintió aún más deprimido.
Apoyado contra el marco de la puerta, Arthur observaba el examen en silencio. Su pastilla verde pulsaba débilmente en su muñeca. Desde el incidente en la jaula, se había abierto un abismo entre los dos chicos cuya conexión se había establecido a la velocidad del rayo. Ahora, esa experiencia —demasiado íntima, demasiado retorcida para ponerla en palabras— había fracturado su vínculo. No habían intercambiado una mirada, no habían pronunciado una palabra.
La mirada de Arthur pesaba en la habitación, pesada, casi tangible. «Levántate», soltó finalmente, rompiendo el silencio. «Entrenamiento en treinta minutos.»
Oscar se enderezó, sus piernas temblando bajo el esfuerzo. Se tambaleó. Arthur dio un paso hacia él, instintivo, antes de detenerse en seco. Una nueva distancia se había instalado entre ellos, áspera, indefinible. Oscar cruzó su mirada, un destello de desafío en los ojos.
«Camino solo», murmuró entre dientes.
Una mentira. Arthur no respondió, solo suspiró, pero sus ojos traicionaron un destello de duda, rápidamente sofocado. No entendía qué pasaba por la cabeza de Oscar. Este último parecía haber cerrado voluntariamente la puerta a toda comunicación. Algo había cambiado en su mirada, pero Arthur no podía determinar la razón.
- Sala de Briefing
La sala de briefing vibraba con una tensión palpable. Seis siluetas en trajes negros, adornados con un león de plata en el hombro, permanecían alineadas. La élite de la Unidad A-24. Alexandreï entró, sus dientes de acero brillando bajo la cruda luz de los neones. Su rostro, impasible, parecía tallado en mármol.
«Vuestros nuevos compañeros de equipo», anunció con voz cortante. «Reemplazarán a Nidae y Mika. Os presento a Arthur: híbrido, 70%, y Oscar: aumentado, 40%.»
Una risita estalló en la sala. Vera, pelo blanco rapado, arqueó una ceja. «¿Cuarenta por ciento? ¿Es una broma?»
«Es una orden», cortó Alexandreï, su tono no dejando lugar a discusión. «Vera, tú diriges. Simulación completa. Os enfrentáis a la Unidad B-24.»
Vera evaluó a Oscar. Su respiración sibilante y sus miembros aún temblorosos no le inspiraban ninguna confianza. «Se derrumba en cinco minutos», declaró. «Está medio muerto. ¿Qué le ha pasado?»
«Sumersión matutina», respondió Alexandreï. «Sobrevivió. Sobrevivirá hoy, o se larga.»
Las presentaciones fueron breves, casi mecánicas. Jin, el veterano con cicatrices discretas pero elocuentes. Los gemelos, Nix y Nox, cuyas respiraciones sincronizadas traicionaban una conexión inquietante. Tam, el técnico, siempre tecleando en algún artilugio. Y Rhea, cuyas pupilas mecánicas —círculos concéntricos hipnóticos— analizaban cada detalle con precisión inhumana. 90% máquina.
Arthur rompió el silencio. «¿El tótem?»
Tam se burló. «Un vial corrosivo. Si lo rompes, todos ardemos. Simple, ¿no?»
«Excepto que B-24 también lo quiere», añadió Jin, su tono más grave. «Petra los azotó después de su última derrota. Estarán rabiosos. Podrían hacer picadillo del chico guapo.» Hizo un movimiento con la barbilla hacia Oscar.
«Es verdad que el nuevo es mono. Dan ganas de comérselo», bromeó Nix. Los demás rieron —¿una forma de relajar la atmósfera? Oscar no sabía dónde meterse.
Arthur se adelantó, su mirada dura. «Ya basta.»
Vera esbozó una sonrisa burlona. «¿El nuevo protege a su débil compañero de cuarto? Aquí no hay mimos.»
«Cerrad el pico», cortó Alexandreï. «En marcha.»
- Esclusa de Preparación A-24
La esclusa de preparación se sentía como un capullo de metal frío, opresivo. Oscar presionó su palma contra la pared curva, buscando anclarse en la realidad. Al otro lado del cristal, un miembro de B-24 hacía crujir su cuello —una vez, dos veces, tres veces. Un gesto metódico. Después, sus manos temblaban ligeramente.
Incluso él, pensó Oscar. Incluso él tiene miedo.
Jin miraba al vacío, perdido en algún lugar de su cabeza. Vera verificaba su peto por enésima vez, manipulando los cierres en un ritual nervioso que no engañaba a nadie. Los gemelos respiraban juntos, inhalando y exhalando con una sincronización tan perfecta que se volvía inquietante. Solo Arthur permanecía inmóvil, sus dedos deslizándose sobre el mango de su hoja térmica como quien acaricia la mejilla de un amante.
La voz de AVA resonó en la esclusa, vibrando hasta sus huesos. El peto de Oscar viró inmediatamente al naranja —estrés detectado. El de Arthur pulsaba un verde imperturbable. Sus miradas se cruzaron una fracción de segundo antes de que Oscar desviara los ojos.
Arthur frunció ligeramente el ceño. ¿Qué le pasa? La actitud fría de Oscar lo desconcertaba.
Arthur inclinó la cabeza, como si escuchara una voz que solo él podía oír. «Conductos helicoidales», murmuró. «Si pasamos por mantenimiento, ganamos tres minutos.»
Vera giró bruscamente hacia él. «¿Cómo puedes saber eso?»
Arthur parpadeó, visiblemente sorprendido por su propia certeza. Un instante de vacilación, luego se encogió de hombros con despreocupación forzada. «Lo sé, y ya está.»
La puerta de la esclusa se abrió con un silbido hidráulico. Una ola de calor los golpeó como una bofetada, el aire ardiente precipitándose en sus pulmones. Sin vacilar, Arthur se zambulló primero en la arena.
- Las Entrañas
La arena era una pesadilla de metal y vapor. Tuberías oxidadas, silbidos tóxicos, paredes supurantes —un laberinto diseñado para triturar a los débiles. El suelo temblaba bajo el rugido de las máquinas, y el aire quemaba como ácido diluido.
«¿Principal o mantenimiento?» preguntó Vera, ya sin aliento detrás de su máscara.
Arthur ni siquiera respondió. Con un movimiento fluido, casi danzado, arrancó la rejilla de acceso y desapareció en el conducto. Sin vacilación. Sin reflexión. Solo la evidencia del gesto perfecto.
«Mierda...» Vera se quedó congelada un segundo, estupefacta. «¿Qué es este tipo?»
El conducto helicoidal debería haber sido una trampa —estrecho, sofocante, impredecible. Pero Arthur se deslizaba por él como agua, girando en las intersecciones antes de que siquiera aparecieran. Sus movimientos tenían esa fluidez hipnótica de los campeones de arena, esa gracia mecánica que los espectadores pagaban fortunas por admirar en las peleas orbitales.
No corre, se dio cuenta Jin detrás. Baila.
El equipo sufría, rezagado. Vera, a pesar de ser jefa de unidad desde hacía tres años, se encontraba reducida a seguir ciegamente. Los gemelos, habitualmente perfectamente sincronizados, tropezaban en sus propios movimientos. Incluso Rhea, con sus aumentos al 90%, parecía superada por la velocidad de análisis de Arthur.
Oscar, en la retaguardia, reptaba en una agonía silenciosa. Pero entre ataques de tos, observaba. Y lo que veía confirmaba la horrible verdad entrevista en la jaula: Arthur no era humano. No realmente. Estaba calibrado. Diseñado. Un arma perfecta disfrazada de chico.
Desembocaron en una sala de máquinas —caos de pistones gigantes y pasarelas temblorosas. El equipo se derrumbó contra las paredes, jadeante. Arthur permanecía de pie, respirando apenas más rápido que en reposo.
«¿Cómo... cómo sabías el camino?» jadeó Vera, un punto de miedo en la voz.
Arthur giró la cabeza hacia ella, y por primera vez desde su entrada, pareció sorprendido. Como si acabara de darse cuenta de que todavía estaban allí.
«Yo...» Frunció el ceño. «No lo sé. Lo veo.»
La voz de AVA los devolvió a la realidad. Rhea escaneaba frenéticamente los alrededores, sus pupilas mecánicas zumbando bajo el esfuerzo. «Tres caminos. No puedo analizar lo suficientemente rápido los—»
«Centro.» Arthur ya había hablado, los ojos entrecerrados, como en trance. «Ventiladores en secuencia 3-2-3-2. Izquierda: minas térmicas con retardo. Derecha: limpio pero quince minutos de desvío.»
Tam soltó una risa nerviosa. «No puedes saber eso. Es imposible. Las configuraciones cambian cada—»
Arthur reabrió los ojos. Y sonrió. Una sonrisa que heló la sangre de Oscar —pura, hambrienta, viva.
«Miradme hacerlo.»
Se zambulló en el corredor central antes de que alguien pudiera responder. Y a pesar de su terror creciente, a pesar de esa certeza de que seguían algo que ya no era del todo Arthur, lo siguieron.
Porque en las arenas, siempre sigues al campeón.
- La Carrera
Las pasarelas metálicas dominaban piscinas de ácido burbujeante, su superficie verde fosforescente como una promesa de muerte líquida.
Arthur no corría —flotaba, cada movimiento calibrado, cada gesto una ecuación resuelta antes de que el problema apareciera. ¿Pistón descendente? Rodaba debajo con tres segundos de ventaja. ¿Chorro de vapor? Su cuerpo ya giraba, el calor rozando apenas su traje.
Oscar, en la retaguardia, reconocía este trance. El mismo que en los tejados. Esa forma que tenía Arthur de perderse en su propio flujo, de convertirse en pura acción. Excepto que esta vez, no estaba en su cabeza —estaba en cada fibra de su cuerpo.
Una criatura sintética surgió de un conducto, pinzas abiertas, ojo rojo pulsante.
¡Arthur, arriba!
Oscar proyectó el pensamiento con todas sus fuerzas, buscando esa conexión que se había establecido en la jaula. Por un instante, creyó ver a Arthur estremecerse —¿reconocimiento? Pero no. La hoja ya se hundía en el giroscopio de la máquina, precisa, letal. Arthur lo había visto venir desde el principio.
«TX-47», murmuró Arthur al pasar, como si nombrara a un viejo amigo.
¿Me oyes? Oscar insistió, forzando su vínculo mental. Sé que me oyes.
Arthur continuó avanzando, pero Oscar captó algo —un cierre deliberado, como una puerta que se cierra de golpe. No lo estaba ignorando. Lo estaba rechazando. Voluntariamente.
Tam resbaló en una pasarela húmeda. Su mano buscó la barandilla, la falló por dos centímetros. El vacío béante debajo, el ácido esperando.
Jin se lanzó, atrapó a Tam por el cuello, lo tiró hacia atrás. «¡Joder, ten cuidado!»
Arthur ni siquiera se había dado la vuelta.
¡Tam casi se cae! Oscar gritó mentalmente, desesperado.
Esta vez, sintió claramente la respuesta de Arthur —no palabras, solo una sensación. Lo sé. Jin lo atrapó. No es mi problema.
Oscar sintió su estómago anudarse. Era exactamente como en los tejados, excepto que en lugar de arrastrarlo a su vértigo mental, Arthur lo excluía de su vértigo físico. Estaba solo en su flujo, y todo lo demás —el equipo, Oscar, el peligro para los otros— era solo ruido de fondo.
- Sala Central
La atmósfera cambió brutalmente. Más densa, vibrante, los dientes rechinando bajo frecuencias invisibles. En el centro de la sala, suspendido sobre una red de vigas inestables, el vial verde pulsaba como un corazón tóxico.
Oscar sintió inmediatamente la anomalía. Las vibraciones estaban desincronizadas, una trampa esperando. «Resonancia inestable, hay que—»
«Asalto frontal», cortó Vera. «Arthur, me cubres y—»
El vacío. Arthur ya había saltado.
«¡ARTHUR, JODER!»
Pero se había ido, saltando de viga en viga con precisión quirúrgica. Cada paso caía en el hueco exacto entre dos vibraciones, como si bailara sobre una partitura que solo él podía escuchar.
Eso es, se dio cuenta Oscar con horror. Oye la música de la arena.
El líder de B-24 surgió —un coloso aumentado, puños masivos cargados de energía cinética. El golpe salió disparado, lo suficientemente poderoso para romper una pared.
Arthur simplemente inclinó la cabeza. El puño pasó a dos milímetros de su sien. En el mismo movimiento fluido, su mano se cerró sobre el vial.
¡Arthur! Oscar lo intentó una última vez. Las vigas van a—
Lo sé.
La respuesta, fría y clara. Arthur lo sabía. Siempre lo había sabido. Y no le importaba.
El metal aulló.
- La Caída
Las vigas cedieron en cascada, un dominó de metal retorcido. Arthur ya estaba en el aire, su cuerpo girando con una gracia imposible, el vial apretado contra su pecho como un bebé.
Oscar lo vio en cámara lenta —esos ojos vacíos de toda emoción, ese rostro sereno en la caída. Sin miedo. Sin adrenalina. Solo la certeza absoluta del movimiento perfecto.
Tres miembros de B-24 cayeron, aspirados por los extractores de emergencia con gritos metálicos.
Arthur aterrizó. Una rodilla en el suelo, absorción perfecta del impacto. Se enderezó, levantó el vial.
Victorioso. Solo. Completo.
Oscar sintió subir la bilis. Un poco de vómito en su boca, ácido y amargo. Tragó, el sabor permaneciendo como un recordatorio de lo que acababa de presenciar.
Ya no era el chico frágil que contaba sus latidos. Era la máquina que había entrevisto en la jaula, la que lo había salvado sin realmente verlo.
«Punto tres segundos», comentó Rhea, admirativa a pesar de sí misma. «Tiempo de reacción por debajo del umbral humano.»
Arthur giró la cabeza hacia ellos. Su mirada barrió al equipo, se detuvo en Oscar. Un instante de reconocimiento —luego nada. Como si Oscar fuera un extraño.
Nos olvidaste, pensó Oscar.
- Disolución
Sala gris. La arena disuelta. El vial verde entre las manos de Arthur.
El equipo se reagrupaba lentamente, una nueva distancia entre ellos y Arthur. No física. Más profunda.
«La primera de una larga serie.» Arthur hizo girar el vial entre sus dedos.
Ella rio —un sonido raro, casi oxidado. «¿Modesto además?»
«Déjame saborear.» Arthur extendió los brazos, girando sobre sí mismo en una parodia de reverencia. El equipo estalló en aplausos nerviosos, algunos «hurra» surgiendo. Todos parecían galvanizados.
Excepto Oscar. Apoyado contra la pared, los miraba con ojos de perro apaleado. Esta celebración le daba ganas de vomitar. Otra vez.
Jin se acercó, examinó su hombro ensangrentado. «Hay que desinfectar eso.» Más bajo, casi un susurro: «Tu colega... ¿qué es exactamente?»
Oscar no respondió. Su mirada permanecía fija en Arthur —admirado, temido, y terriblemente solo en su gloria.
Los gemelos, al unísono: «Rendimiento óptimo. Recomendación: seguir las directivas de Arthur.»
Tam asintió, aún temblando por su casi caída. «Lo sabía todo. Los caminos, los robots, las resonancias... Como si hubiera construido este puto lugar.»
Un silencio pesado se instaló. El tipo que dice todo sin decir nada.
La puerta se abrió. Alexandreï entró, su mirada de acero barriendo la escena antes de fijarse en Arthur.
«Impresionante.» Atravesó la habitación, agarró a Arthur por los hombros, lo apretó contra él en un abrazo brutal. «Tenemos un nuevo campeón.»
Arthur permaneció rígido en el abrazo, ni rechazando ni aceptando el contacto.
«¿El vial?»
Arthur se lo tendió. Alexandreï lo examinó, la luz verde reflejándose en sus dientes metálicos.
«Tomaste el mando.»
«Instinto.»
El Domador sonrió —esa sonrisa de depredador que reconoce a uno de los suyos. «Mejor que eso. Tienes gracia. La verdadera. La que no se puede enseñar.»
Su mirada se deslizó hacia Oscar, todavía derrumbado contra la pared. «Tú. Enfermería. Regenerador esta noche.» Su voz se endureció, cortante como una cuchilla. «Mañana, operativo o fuera. Sin tercera oportunidad.»
Oscar asintió. Pero sus ojos permanecían en Arthur, que acababa de liberarse del abrazo de Alexandreï con esa misma indiferencia educada que mostraba desde su salida del conducto.
Realmente nos olvidó, pensó Oscar. O tal vez nunca existimos para él.
- Corredor hacia las Celdas
Los pasos de Arthur resonaban en el corredor —regulares, mecánicos. Oscar arrastraba detrás, el hombro ardiendo, la bilis aún ácida en su lengua.
«Cambiaste allí dentro.»
Arthur se detuvo en seco. Se volvió lentamente, y Oscar vio algo pasar por sus ojos —¿alivio? Por fin me hablas.
«Lo sé.»
«Te gustó.» La voz de Oscar temblaba ligeramente. Te llamé. En la arena. Me cerraste la puerta.
«Sí.»
La palabra flotó entre ellos. Simple. Sin excusa.
Arthur lo miraba intensamente. «Era puro.»
¿Puro? La palabra explotó en la cabeza de Oscar. Una risa amarga subió, estrangulada por lágrimas que se negaba a derramar.
«Tam casi se cae.»
«Jin lo atrapó.»
Tan simple. Tan distante. Oscar sintió algo romperse dentro de él. Aceleró, pasó a Arthur, cruzó el umbral de su celda primero —una pequeña victoria patética.
Arthur lo siguió. La puerta apenas cerrada, agarró el brazo de Oscar, lo forzó a darse la vuelta. Sus rostros a unos centímetros.
«¿Qué querías? ¿Que cayera contigo?»
Las palabras golpearon contra las sienes de Oscar. Su mandíbula se contrajo.
«Quería que miraras atrás.»
«¿Por qué?»
«Porque eso es lo que hacen los humanos.»
El silencio se espesó. Arthur inclinó la cabeza —ese gesto de análisis que Oscar empezaba a odiar.
«No soy—» Alto. Ceño fruncido. «No sé lo que soy.»
Oscar se arrancó de su agarre, se derrumbó en su cama. El dolor explotó —hombro, costillas, alma.
«Joder...» Las lágrimas subían, ardientes, incontrolables. «Estoy cansado, Arthur. Cansado de ser el lastre. El 40%.» Su voz se quebró. «Verte así... cederle terreno a ella... me da asco.»
Arthur se tensó. «Si hablas de Prime, no gana nada. Lo que viste era yo. Nada de ella. Solo yo.»
Las palabras cayeron en la habitación como piedras.
«Y no eres un lastre.» Ni una pizca de vacilación en su voz. «Aunque ahora mismo... eres el único que no ve lo que acabo de lograr como una hazaña.»
Oscar levantó la cabeza, sus ojos rojos fijando a Arthur con una intensidad nueva.
«Porque no lo es. Es fácil ser un monstruo.» Las palabras salieron, venenosas. «Especialmente cuando has sido programado para serlo.»
El rostro de Arthur se cerró. Algo vaciló en sus ojos —¿dolor? Desvió la mirada.
«Guau.» Una risa sin alegría. «No esperaba una declaración de amor pero... Vas fuerte.»
El silencio volvió a caer, pesado con palabras que no dirían.
Oscar cerró los ojos. Las lágrimas fluían ahora libremente, trazando surcos salados en sus mejillas. Le daba igual.
«Necesitas el regenerador», murmuró Arthur. Su voz había perdido toda dureza.
«Lo sé.»
«No puedes. Solo.»
«Lo sé.»
Un movimiento. Arthur atravesó la habitación, se arrodilló junto a la cama de Oscar. Esta proximidad súbita —ni dominante ni distante. Solo... ahí.
Extendió la mano. Palma abierta. Esperando.
«Ven.»
Una palabra. Pero en esa palabra, Oscar escuchó otra cosa. Lo siento.
- Regeneración
El regenerador pulsaba en la penumbra —rectángulo fosforescente, vivo, burlón. Oscar miraba fijamente la huella luminosa, su mano temblando encima como al borde de un precipicio.
Contacto.
El dolor explotó —hojas calentadas al blanco perforando la carne. Diez segundos. Arrancó su mano, jadeando.
Arthur en el marco de la puerta. Inmóvil. Observador.
Segundo intento. La mano de Oscar vaciló, descendió, tocó. Veinte segundos. Sus rodillas cedieron. Un grito se estranguló en su garganta.
«No quince minutos.» Las palabras salían entrecortadas, desesperadas.
«Lo sé.» La voz de Arthur, calma. «No puedes. Todavía no.»
«Entonces me voy mañana.»
«Por supuesto que no.»
La respuesta chasqueó, definitiva. Arthur atravesó la habitación —tres pasos decididos. Su calor envolvió a Oscar por detrás. Brazos que rodean. Mano sobre la suya. Presión firme contra el regenerador.
«Respira.»
El dolor mutó —más profundo, compartido ahora. Oscar quiso huir. Arthur era una roca en su espalda.
El hombro crujió al recolocarse. Grito. Los dedos de Arthur: inflexibles.
Minuto cinco. Las costillas se reformaban, metódicas, crueles.
«¿Por qué—»
«Shh.» Aliento cálido contra la oreja. «No he cambiado. Solo lo escondo mejor.» Pausa. «Déjame mostrarte para qué sirve alguien como yo.»
Las lágrimas vinieron. Sal y sufrimiento mezclados. Oscar las dejó fluir.
Minuto ocho. Realidad borrosa. Contornos que bailan.
«No.» Más firme. «Mantente presente. Tu mente manda. La cabeza controla el dolor, el miedo, las dudas.» Las palabras martilleadas como un conjuro. «Tu potencial está ahí. Úsalo. Extrae de ti los recursos para domar el resto.»
Oscar se ancló a esa voz. Esa certeza. Esa mano que se negaba a ceder.
«En la arena... en lo que te convertiste...»
«No me convertí. Me revelé.» Directo. «Por primera vez, yo. Sin filtro.»
«¿No tienes miedo de eso?»
Silencio. Respiraciones sincrónicas en la oscuridad.
«Es mejor que el vacío.» Arthur apretó ligeramente su abrazo. «No soy un híbrido. Tampoco un humano. Pero que mi forma de ser no corresponda a tus expectativas no significa que no tenga derecho a existir. A ser yo.»
Las palabras flotaron entre ellos —reivindicación suave pero absoluta.
Minuto doce. Fuerzas que huyen. Arthur mantiene —no violencia, anclaje.
«¿Qué eres entonces?»
Largo silencio meditativo.
«Alguien. Una persona, sea cual sea mi naturaleza.» Su voz se suavizó. «Una persona capaz de ser buena en algo.»
Minuto quince.
Extinción. Oscar se derrumbó. Arthur lo recibió, lo llevó hasta la cama con una ternura inesperada.
Luego se desplomó contra la pared. Cabeza echada hacia atrás. Brazos abiertos. Un suspiro —profundo, agotado, casi vulnerable.
La coraza caía. Solo un instante. ¿Revelando qué? No un chico. No una máquina. Solo... alguien agotado de tener que justificar su existencia.
Oscar lo observó a través del agotamiento. Fuerte y frágil. Indefinible y sin embargo terriblemente presente.
«Gracias.»
Arthur abrió un ojo. «De nada. Habrías hecho lo mismo.»
«No sé si habría tenido la fuerza.»
«La tienes.» Simple. «Solo que aún no lo sabes.»
[El vínculo se reformaba entre ellos. Ni amistad, ni fraternidad. Algo más extraño y necesario. Dos seres aprendiendo que sobrevivir también significa aceptar lo que el otro realmente es —incluso cuando no puedes nombrarlo.]